“No quiero que te vayas” de la película – Un monstruo viene a verme-

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"...Todo el mundo sabe que se va a morir, pero nadie se lo cree"(M.Alborn) Martes con mi viejo profesor.

Cuando la muerte aparece en nuestra vida, nunca le damos la bienvenida entre otras cosas  porque ni siquiera  nos pide permiso para aterrizar en forma de enfermedad mortal y en ocasiones aunque nos avise, nos rebelamos a aceptar  su cercanía. Digamos que siempre nos parece que es demasiado pronto...para lo que nunca queremos ponernos a pensar.

La antesala de la muerte normalmente nos hace tocar tierra a través de la enfermedad y los últimos momentos antes de la muerte nos conmueven e invitan a muchas reflexiones y entre ellas esta la del pensar que nos va a ocurrir después... de que muera.

En este transito de la muerte propia o ajena es cuando notamos de verdad si nos falta el cariño y el apoyo más básico que necesitamos para aceptar el desprendimiento humano al que vamos a ser sometidos.

Ni como padre, ni  como madre, ni como hijo somos capaces de aceptar la insoportable verdad de que en un momento determinado de nuestra vida unos u otros tengamos que separarnos.

"El duelo por el que obligatoriamente hay que pasar,  es todo un reto familiar, emocional, afectivo y espiritual"

Es duro despedirse de un hijo, pero no es menos duro cuando un hijo tiene que despedirse de uno de sus padres. Una muerte familiar sin una despedida real no hace más que acrecentar el sufrimiento y alargar el duelo de cada uno.

Estas circunstancias nadie nos ha preparado para vivirlas y por eso  nos supone un desgaste personal muy importante en las relaciones afectivo-familiares. Las relaciones familiares nucleares no son siempre todo lo equilibradas que quisiéramos y es en estos momentos es cuando las diferencias salen más a la luz que nunca y las carencias o excesos afectivos se agudizan.

En estos momentos es cuando uno debe darse así mismo una última oportunidad de cerrar bien  lagunas de comunicación sentimental y afectiva con un buen ADIÓS.

La enfermedad y la muerte próxima de un padre, una madre  o de un hijo siempre produce reacciones muy  intensas de dolor, miedo, pena o vacío que pueden convertir ese tiempo en un momento dramático  o en momento de tristeza dulce. Es el momento perfecto para sacar tu fortaleza y cariño interior y  tomar la decisión de decirle al que se va:

"No quiero que te vayas" pero siento  que  tengo que dejarte ir ahora"

Mientras que cuando uno no  ha podido desarrollar todo su cariño desde que era niño, ese momento de la despedida puede entrar en "pánico":

 "No quiero que te vayas" porque me falta el cariño suficiente para poder decirte adiós"

Las personas habitualmente nacemos en una familia, crecemos en ella y posteriormente nos independizamos para crear una nueva familia y así generación tras generación. En este crecimiento personal y familiar es donde se construyen

" los buenos  sentimientos de apego y de pertenencia familiar"

que son tan necesarios para poder querer a los demás y sentirse querido por los demás en vida y ante la muerte próxima.

Cuando uno se despide de un miembro de su  familia nuclear (padres, hijos, hermanos) inevitablemente nos produce dos desgarros vitales: uno con la especie humana en general y  otro  con alguien de  tu misma sangre y/o apellidos.

Los sentimientos de apego a la especie humana y a los tuyos y el sentido de pertenencia personal, si está bien arraigados hacen de la muerte un paso de desprendimiento solo físico porque siempre nos quedará la huella espiritual del que se va. Esta forma madura de encarar la muerte nos permite usar recursos emocionales y afectivos que te hacen poder ser feliz en un momento de infinita tristeza.

Pero cuando uno carece de alguno de estos dos pilares básicos del desarrollo de la afectividad personal, la muerte de un ser querido te hace sentirte   en "caída libre” sin red y sin paracaídas.

Decir "No quiero que te vayas" , pero tengo que aceptar que te vas,  no es un apego inhumano sino todo lo contrario porque despidiéndote así acompañas de verdad al que se va porque estás pensando en él desde el apego y la pertenencia.

Mientras que si le dices “No quiero que te vayas” porque no tengo valor para decirte adiós, entonces no estás acompañando al otro en su realidad sino huyendo de tu falta de apego y pertenencia te impiden tener la fuerza interior suficiente de dejarle marcharse.

"desde nuestra mutua pertenencia y nuestro máximo apego hacia los nuestros, podremos despedirnos del cuerpo sin separarnos de la huella de su alma que dejó en nosotros"

  • Con sentimientos de apego y con sentido de pertenencia, podremos despedirnos amando al que se va.
  • Amar al que se va es reconocerle un valor especial y una cercanía única que solo tu le has podido dar o has podido recibir.

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2 Respuestas

  1. MBM
    Por fin se aborda un problema que nos afecta o afectara a todos y cada uno de nosotros, me da profunda tristeza ver el terror y panico a la muerte sobre todo en nuestros mayores, porque necesito que me enseñen entereza en esta etapa, si no aprendemos a morir bien, la vida de que nos ha servido?, siento como si en este camino estuvieramos como niños, sin herramientas de las que ayudarnos, sin recursos, y huyendo en lugar de aprender algo y crecer; al fin y al cabo la muerte es tan natural como la vida, para morirnos lo unico necesario es estar vivos, como sociedad no podemos pasarnos la vida escondiendonos de ella, tenemos que aprender la mejor manera de afrontar ese transito cuando nos toque y de acompañar a nuestros seres queridos cuando les toque a ellos. Gracias
    • mm Sara Pérez-Tome
      Gracias Montserrat, muchas gracias por tu comentario. Efectivamente preocuparse por el buen Adios a nuestros seres queridos no es un final del camino sino una apuesta de futuro sobre valores familiares seguros. Sara/Sophya

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