Cuando al atardecer de la vida ya no va a ser posible envejecer juntos

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Cuando al atardecer de la vida ya no va a ser posible envejecer juntos

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Las rupturas matrimoniales están alcanzando un altísimo porcentaje y están afectando a todos los matrimonios sin distinción de sexo, religión, clase social o edad.

 

Las parejas sufren crisis matrimoniales cada 5 o 7 años desde que se casan y desde que comienzan a tener hijos. 

 

Por desgracia, una de las crisis más irreversibles y que no cuentan con terapia de pareja es la que coincide con la salida de casa de los hijos y la jubilación de los padres.

Esta crisis matrimonial última suele apoyarse en otras crisis anteriores que no han sido resueltas del todo. Por esto, se trata de una crisis que, en lugar de dar lugar a un “renacer en el matrimonio”, lleva a las parejas “al punto de no retorno”, al “entierro del matrimonio”, provocando una ruptura definitiva.

 

Lejos de ser una ruptura pacífica y neutra en cuanto a sentimientos entre padres e hijos, esta ruptura es, sin embargo, una etapa de gran sufrimiento para todos los miembros de la familia. 

Existe la tendencia a pensar que una unión matrimonial de largo recorrido ya no está en edad de empezar de cero en muchos de sus aspectos. Y, por eso, de manera casi inconsciente, se destierra la posibilidad de pedir ayuda con terapia de pareja.

Cuando esta pareja no recupera la estabilidad y ya tiene a los hijos fuera del hogar familiar, provoca en ellos un gran sufrimiento. En efecto, los hijos de estas parejas sufren afectivamente ante la ruptura de sus padres porque se les rompe en muchos casos el modelo de familia en el que crecieron y que ellos, por tradición o por vocación, han comenzado a seguir. Es un camino aprendido de sus padres que, salvo en casos puntuales, les sirve a los hijos como modelo de vida para sus propios proyectos de familia; les generaba seguridad, unas expectativas de felicidad seguras.

Cuando una pareja con muchos años de convivencia juntos decide romper su vida matrimonial, esta decisión, lejos de simplificárseles la vida, les genera una serie de complicaciones en aspectos tales como la habitabilidad, la economía y la vida social. 

A los hijos del matrimonio les ocurre lo mismo: se les complica la relación con sus padres pues deben construir una forma nueva de tratarse con ellos que, hasta entonces, parecía estable y segura. Tienen que duplicar el tiempo de atención y cariño para cada uno; quieren atenderlos pero ahora ha de ser por separado, con todas las complicaciones y diferencias que esta ruptura pueda provocar. Son pocos los casos de parejas rotas que no tengan inconveniente en seguir viendo juntos a sus hijos en distintos eventos o circunstancias, a pesar de estar ya separados.

Igual que a los hijos les cuesta asumir la muerte de uno de sus progenitores y que el que se queda viudo se vuelva a casar, de un modo parecido ocurre en el caso de los padres que se separan después de toda una vida juntos. A los hijos no les resulta nada fácil gestionar los cambios que genera una ruptura como esta, les cuesta muchísimo conseguir vivir su propia vida familiar en relación con unos padres que ya no están juntos. 

Los motivos principales por los que los matrimonios de largo recorrido se separan:
      • Por una infidelidad repetida o cronificada con una tercera persona que, casi siempre, es más joven que la edad de la propia pareja.
      • Por malos tratos físicos que son, con mucha frecuencia, malos tratos verbales o psicológicos. Estos llevan instalados en la pareja muchos años y no se resolvieron del todo pues no se tomaron en serio en su momento. 
      • Por falta de identificación con uno mismo. Con los años y las distintas circunstancias, cada uno ha podido ir abandonando sus compromisos personales hasta el extremo de dejar de conocerse y haber dejado de ”ser quien era”. Esto produce sentimientos muy profundos de “vacío existencial” que, en la mayoría de los casos, se amplifican a causa de la jubilación y la falta de actividad juntos fuera y dentro del hogar.
      • Por desgaste personal, que hace que, con el paso del tiempo, la  profunda admiración por el otro se convierta en un inevitable acostumbramiento acompañado de cierto desprecio por la unión entre los dos.
      • Por la pérdida del sentido no solo humano sino espiritual. Esto hace de la unión de dos personas un amor integrado por su cuerpo y por su alma. Se disocia la forma de amar y solo hay motivos prácticos para estar o no estar juntos. De este modo, “dejan de tocar cielo y tierra” para entender porqué siguen juntos y porqué deben cuidar su unión en su vida en común. 

“Si no se ponen medios extraordinarios, cualquiera de estas causas bastan por sí solas y de manera casi automática para impedir que se vuelva a ser feliz en otra nueva etapa de la vida. En la mayoría de los casos, hacer una revisión de su vida pasada solo genera sentimientos de amargura y apatía afectiva hacia el otro. Esto hace que les parezca inevitable su ruptura matrimonial, como si se tratara de “una muerte anunciada y asumida por las partes.”

En algunos casos, durante esta crisis matrimonial tardía, ambos quieren encontrar una explicación o causa concreta que justifique la decisión de separarse. Pero, lo habitual es que no la encuentren fácilmente, porque la realidad es que la ruptura llevaba fraguándose y pactando con el fracaso de la convivencia desde hacía años hasta que uno de los dos toma la decisión. Esta decisión puede tomarse sin haber encontrado un motivo concreto y claro. O también reconociendo algo que había sido ignorado y ninguneado durante mucho tiempo. Esto provoca finalmente la muerte por inanición de una vida matrimonial de larga duración.

Nadie es culpable o inocente y ambos se sienten responsables de sus omisiones. Y es entonces cuando cualquiera de los dos, en una fecha anodina y sin causa aparente, toma la decisión con frases lacónicas como estas:

“Quiero que nos separemos… Necesito que nos separemos… Formalicemos nuestra separación…”

Cuando escuchas a las parejas por separado en este tránsito de su vida, parejas que están queriendo separarse, en muchos casos te asombra ver cómo, a partir de un momento determinado de su vida matrimonial, que puede pertenecer a un pasado bastante lejano, empezaron a vivir una vida paralela con hijos, amigos, hobbies, viajes. Esto hace que cada uno de ellos cuente un relato sobre su vida en común muy diferente del que cuenta el otro. Esta asimetría da la impresión de que no hayan vivido juntos en algún momento de su vida y que incluso tengan unos hijos en común. Su distancia emocional es tan grande como su distancia física, aunque estén todavía viviendo bajo el mismo techo.

En estos casos, la memoria se hace selectiva y se escora hasta donde uno puede y es capaz de soportar acerca de la verdad de su vida. Finalmente, cuando esa verdad se hace insoportable, cuando los relatos son demasiado dispares, demasiado difíciles de compaginar, acaba por quedar justificada y presentada como necesaria la separación y ruptura entre ambos. Hay una disociación vital entre los dos: en donde uno ve un proceso irreversible, el otro piensa que no es para tanto o es una exageración. Llevan sin comunicarse sus sentimientos tanto tiempo que son dos desconocidos hablando de su matrimonio.

Estas rupturas, en la antesala de la vejez y con un horizonte de un tercio de vida por delante,  no tienen nada que ver con las que se producen en la edad temprana o la edad mediana.

Cuando por la edad, el futuro por ley natural es más corto que el tiempo pasado, se suele tener resistencia al cambio. Ya que los años te hacen tener un nicho de confort que, por pequeño que sea, te da unas mínimas garantías de bienestar y seguridad.

Salir de ese nicho para romper un pacto de convivencia que te daba una cierta estabilidad, aunque estuviera carente de afecto y alegría, produce una terrible sensación de haber perdido el tiempo en la vida, sentimientos de vacío, vértigo y  sensación de incertidumbre, que pueden ser comparables al miedo que se siente al entrar en un quirófano para recibir una operación a corazón abierto y con riesgo de no salir con vida de ella. 

Este tipo de estrés y de ansiedad no sería raro que desencadenase una depresión en uno de los dos o en los dos.

Al separarte de este modo, al atardecer de la vida, es como si te hicieras consciente de que te robaron la vida justo cuando podías haber empezado a disfrutar de una tranquilidad muy deseada desde hacía tiempo, lejos de la carga mental de cuidar y mantener a unos hijos.

Es difícil que, con una separación tardía, puedas tener la ilusión de que te puedan volver a pasar cosas buenas y ser feliz.

Esta nueva necesidad de ser feliz es radical y se manifiesta como si tuvieras que volver a nacer de nuevo pero que, rápidamente, queda incumplida pues uno se encuentra al mismo tiempo padeciendo los achaques de una edad que no desaparecen desde que te levantas hasta que te acuestas. 

Este cambio de vida y este proceso mental, volcado en la búsqueda de una nueva felicidad con la cual superar un fracaso sentimental, no siempre es fácil  de conseguir en solitario. Casi siempre solo es realizable con la ayuda de terapia.

Para salir adelante, los hombres y mujeres que se separan a esta edad tienen que conseguir ver la vida como una segunda oportunidad. Reinventándose y buscando la rectificación personal. Nadie es plenamente perfecto ni totalmente imperfecto. Todos tenemos carencias, hábitos o hemos cometido errores que, probablemente, nos llevaron a esta situación. Y si uno quiere obtener resultados diferentes, tiene que cambiar y mejorar en su vida a nivel personal, para no volver a repetir el mismo patrón que le llevó al fracaso y que ha demostrado no funcionar de manera adecuada. 

Sin rectificación personal es imposible renacer a una nueva oportunidad de vida. Por nosotros mismos, después de una ruptura, seguiremos teniendo las mismas tendencias a vivir otra vez sobre las mismas carencias o hábitos y a cometer los mismos errores.

 

“Nunca es tarde para darnos la oportunidad de mejorar desde nuestros propios errores. Pactar con tus propios errores es pactar con volver a fracasar”

El futuro se presenta suficientemente incierto porque hay que enfrentarse a la soledad y a las limitaciones de salud  propias de la edad. Por esto, fortalecer nuestra vida interior ayudará a que uno pueda reinventarse y mejorar en todo aquello de lo que uno pueda ser consciente.

La soledad es muy mala. La soledad junto a una enfermedad es peor. Así que solo con fortaleza y vida interior es posible recomenzar en esta nueva etapa de vida.

Lo último que debe hacerse es alimentar el rencor y el resentimiento hacia la persona con la que tuviste un proyecto en común durante años. Si a tu ex pareja la ves mejor ahora que cuando estabais juntos, alégrate por ello. Eso te hará sentir mejor y con una posibilidad mayor para ser feliz en solitario, ya que no pudo ser en  pareja hasta el final de tus días.

No hay que desear el mal, el dolor o la muerte de la persona con la que tienes hijos y con la que has compartido durante parte de vuestra vida.

Todos esos pensamientos negativos que te surgen de manera espontánea y que te impiden perdonar al otro, no hacen más que empeorar tu soledad psicológica.

Solo si enfocas tu vida en positivo, se podrá dar lugar a una nueva etapa que, con el tiempo, pueda dar cabida a una buena relación, no ya sentimental, con el otro. E incluso a una amistad con una buena dosis de complicidad para seguir apoyando y queriendo a los hijos tenidos en común.

Más vale una buena separación que un mal divorcio lleno de deseos de venganza mutua. Si no habéis podido envejecer juntos, con rectificación y espíritu positivo es muy probable que “lo mejor esté todavía por llegar”.   

 

 

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